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miércoles, septiembre 07, 2011

CUALIDADES DEL MAESTRO



1: Un Maestro nunca exige, nunca pide que cumpla una promesa, ni ejerce autoridad porque tenga conocimiento ni rango.

2: Un Maestro, no impone instrucciones sino que da toda la información que sabe, que necesitan y que le piden, pero la verdadera cualidad es que dé la información (el conocimiento) que deja que cada persona de acuerdo a su entrega nivel y comprensión avance por su propia cuenta.

3: Un Maestro ya no se preocupa por nada ni por nadie sino que se ocupa en y por la gente.
4: Un Maestro nunca ve defectos, no critica, no envidia, no tiene malos pensamientos para con nadie ni consigo mismo.
5: Un Maestro, nunca ve el pasado de una persona ni se complica con su karma cuando alguien pide consejo, ayuda o conocimiento, él se la da porque el Maestro no especula, condiciona ni intelectualiza, simplemente ve en esa persona dos posibilidades. 1º La de servirla y 2º Que ve en ella un o una maestr@ en un tiempo próximo o futuro, por ello siempre está dispuesto a dar y recibir, porque eso forma parte de su vida y de su evolución.
6: Un Maestro nunca ve en ninguna persona defectos ni alfabetismo de la vida, porque sabe que esas son sus herramientas de trabajo y de evolución.
7: Un Maestro nunca permanece. Aparece, desaparece y queda cuanto dejó.
8: Un Maestro es el monje más perfecto que existe, ya que no es condicionado al rango que otros le den, no está condicionado ni a la gloria, ni a la riqueza ni a la glorificación o desprecio. Él sabe que es un sirviente de DIOS y todo cuanto sucede en su vida y su alrededor ve la manos de DIOS.
9: Un Maestro siempre sabe que está trabajando SOLO aunque tenga muchos amigos, ayudantes, o subordinados. El maestro tiene un plan de expansión y usa para el bien de la expansión y de todos los seres y todas las personas que quieran ayudarlo a la expansión o su trabajo. Porque si aunque le fallen los amigos, los ayudantes o los subordinados ¿Se detiene su plan de expansión? ¡NO! Continúa trabajando solo.
10: El Maestro siempre está protegido por los Ángeles, Seres de luz, Maestros ascendidos y la Suprema Personalidad de DIOS. Por que el maestro en la tierra sabe que es un vinculo que usan ELLOS.
11: Un Maestro no tiene socios
12: Un Maestro ve a todas las personas en los senderos de la perfección. Sabe que cada cual sigue su camino hacia DIOS (la DEIDAD) y sabe que cada cual arrastra sus anclas que le impiden evolucionar que en ocasiones le impiden evolucionar, que en ocasiones son lo egos, los defectos, el orgullo, las pretensiones, las imperfecciones, que deben poco a poco, años tras año, vida tras vida ir purificando. Cuando la persona no sabe que los tiene continúa viviendo en la ignorancia. Pero en ocasiones esos defectos son sus mejores aliados cuando la misma persona sabe que son y que los tiene, pues entonces cuando puede trabajarlos y purificarlos con mayor rapidez DEBE SEGUIR.
13: Un Maestro, significa que es capaz de controlar la mente, el estómago y los genitales. Si la mente, el estómago y los genitales lo controlan a él, deja de ser maestro de si mismo. Si no se es, maestro de si mismo no puede ser maestro para nadie.
14: Un Maestro ve a DIOS en todos, porque sabe que todo es esencia del mismo DIOS. Porque el universo es DIOS y DIOS es universal. Sabe que aunque pequeños, todos somos parte infinitesimal de DIOS. Así que el maestro sabe que DIOS le enseña a través de nuestro prójimo y que sirviéndolo, amándolo y respetándolo, sirve y ama a DIOS. De la misma forma que un padre o madre no tolera que nadie desprecie, maltrate, etecé a sus hijos.
15: Un Maestro nunca se deja servir pues es el quien sirve y si lo sirven sabe que están sirviendo a DIOS.
16: Un Maestro nunca rechaza cuanto se le da. Porque cando alguien le ofrece algo, lo hace de corazón, con placer y por satisfacción, y eso es lo que a esta persona lo hace sentirse bien y al mismo tiempo evolucionar y elevarse. Si el maestro rechaza evita que la persona evolucione, se eleve y se sienta bien. Al maestro no le pesa lo que se le ofrece o cuanto se le da, porque enseguida es utilizado para el bien-estar de los demás.
17: A veces un Maestro parece ser igual que una persona común, pero mental y espiritualmente todo está conectado con el SER SUPREMO. Come igual que pueda comer otra persona pero sus alimentos son naturales los ofrece al SER SUPREMO y cuando el maestro está en servicio al mundo y a DIOS, con su sola presencia sus alimentos son purificados. Una persona puede tener riquezas pero son riquezas suyas y para él solo. Un maestro puede tener riquezas pero esas riquezas saben que no son suyas y por lo tanto las utiliza para el bien de los demás y la expansión. Por lo tanto sabe que siempre no tiene nada suyo. Hoy tiene mucho y mañana un solo pedazo de pan duro para comer. Las riquezas en un baúl, se pudren. Las riquezas espirituales, lo enriquecen y lo elevan. Porque el maestro todo cuanto hace lo hace en pós de la expansión de ayudar y en relación con y para DIOS.
18: Un Maestro nunca se vanagloria ni se cree grande. Solo es un sirviente, y él lo sabe.
MAESTRO PARADHARMADAS


 Una vez había un santo que se vanagloriaba de dar mucho conocimiento, de ser muy devoto, y entregada a DIOS. Así que un día DIOS se le apareció y este siguió proclamándose muy devoto y que lo recordaba y servía constantemente. DIOS le dijo de verdad que quieres servirme? Entonces le dijo: “Quiero ver hasta donde llega tu control”. cogió un cubo de agua lleno hasta los topes y se lo puso sobre su cabeza y entonces le pidió que diera una vuelta a la ciudad sin derramar una gota de agua.

Aquel santo encontró aquella petición difícil y fácil al mismo tiempo. Así que comenzó a caminar por la ciudad concentrado en no derramar ni una gota de agua. Durante el camino encontró niños que le hicieron travesuras y él continuó concentrado en su cubo de agua. Atravesó una larga avenida en fiestas y bellas mujeres danzaron delante de él tratando de cautivarlo y distraerlo. Él concentrándose en su cubo no derramaba una sola gota de agua. Encontró en su camino gente necesitaba, pero él concentrado en su cubo no los atendió. Y así a lo largo de toda la tarde llevó el cubo sobre su cabeza sin derramar una sola gota de agua.
Cuando DIÓS se encontró de nuevo delante de él que estaba orgulloso de no haber derramado una sola gota de agua le dijo a DIÓS si estaba satisfecho de su servicio. Entonces DIOS le dijo: “Has llevado el cubo varias horas sobre tu cabeza y realmente no has derramado una sola gota. ¿Pero cuantas veces te has acordado de mi? En el camino has encontrado gente necesitada, yo soy servido y adorado cuando se le ayuda a la gente, sin embargo estando concentrado en tu cubo no has sabido servirme ayudándoles. No he estado en tu mente ni en tu corazón mientras llevabas el cubo sobre la cabeza, ¿Dónde está la proeza de ser un santo o un maestro?”

domingo, junio 26, 2011

El maestro y el discipulo




282
 
   Este anhelo de deificar a los Maestros, que es tan común entre los discípulos de la India, no puede tener cabida entre los discípulos de la filosofía. Al Maestro lo consideramos un hombre: un hombre que nos incita a buscar lo mejor, inspira nuestro auto—mejoramiento y nos guía hacia la Verdad. Pero todavía es un hombre al que hay que respetar, no un dios al que hay que adorar. Tiene sus imperfecciones.
 
283
 
   ¡Cuán honrado fue aquel célebre sabio, llamado Sócrates, cuando dijo lo que tan pocos  gurúes dijeron! Así concluyó su respuesta a Jenofonte, por un pedido de consejo sobre cierto asunto: —Pero mi opinión es sólo la de un hombre.
 
284
 
   No me corresponde dar a conocer asuntos que sólo suscitarían muy inútilmente una controversia sobre la historia pasada. Pero cometería una grave omisión si no cumpliese mi deber de advertir que la perfección humana no existe; que las figuras famosas de la historia, la política, la guerra, el gobierno, la literatura, la religión, la mística y el arte cometieron errores de juicio, noción o doctrina; y que estos errores sólo los conocen unos pocos en cada caso, y es probable que la posteridad no los conozca jamás. Un hombre puede ganar una guerra al conducir a su pueblo hacia la victoria final pero, de paso, puede haber cometido errores que otros tuvieron que pagar muy caro. Un Maestro puede ser un iluminado en lo espiritual, más un inexperto en lo personal; y sus opiniones sobre temas con los que no esté familiarizado puede ser que no tengan mucho valor. 
 
285
 
   Mientras a un hombre se lo convierta en un dios, se lo adore como tal y se lo considere Perfecto y sin defectos, las propias deficiencias de los que están en esto, o sea, de ese hombre y de quienes lo sigan, lo partan de la meta filosófica.
 
286
 
   El Maestro tenía sus insuficiencias o flaquezas, como todos las tenemos, pero también lo que pocos de nosotros tenemos; un contacto directo con el Yo Superior.
 
287
 
  ¿Dónde está el hombre que sea lo bastante sabio como para dar a todos los demás guía espiritual, consejo personal, asesoramiento matrimonial y predicción del futuro? ¿Quién, de un vistazo, lo sabe todo acerca de usted, como ya lo sabe todo acerca de Dios y del universo? No busquemos fantasías que sean producto de nuestros deseos y veamos a los humanos como humanos.
 
288
 
   Que el individuo no espere hallar perfección en mortal alguno. Que se contente con encontrar a alguien que haya desarrollado tanto su espiritualidad como para ser digno de conducir a quienes todavía están muy rezagados.
 
289
 
   No hay hombre sin sus defectos: es una quimera que el ser humano perfecto exista en nuestro planeta. ¡Por eso, los discípulos que en todas las cosas copian servilmente a su guru pueden estar copiando también sus defectos!
 
290
 
  ¿Dónde ha de encontrase a semejante Maestro, a semejante dechado de virtud, sabiduría, fortalece y piedad? Por donde miremos ningún hombre concreta el ideal, y todos muestran imperfecciones o delatan flaquezas. El sabio ideal, y todos muestran imperfecciones o delatan flaquezas. El sabio ideal descrito en los libros filosóficos (a diferencia de los textos místicos) no ha nacido en nuestra época por más que lo haya hecho en la antigüedad.
 
291
 
   Se acercan a ese hombre con cierto pavor, si es que no lo hacen con cierta reverencia. Esto puede ser justificable o no: en primer lugar, de su estado de ánimo.
 
292
 
   Se necesitan ojos despejados para ver la verdad acerca de estos Maestros espirituales, ojos que ni los fervorosos adeptos ni los críticos intolerantes poseen.
 
293
 
   Son mayoría las personas que, simplemente, no son competentes para escoger de manera adecuada a un guru; son gobernadas por apariencias externas, impresiones físicas y reacciones emocionales.
 
294
 
   La Búsqueda de un Maestro ideal puede obstruirse tanto por una actitud excesivamente crítica como por una actitud sentimental en exceso. Por divinamente inspirado que esté en sus mejores momentos, el Maestro deberá seguir todavía enteramente humano, de muchos modos, la mayor parte del tiempo.
 
295
 
   Quienes se formaron imágenes románticas y grandiosas o milagrosas sobre la apariencia de un Maestro o sobre lo que buscan en un hombre antes de que puedan aceptarlo como Maestro, se condenan a una frustración y se aseguran una desilusión. Porque todavía no comprenden en qué consiste realmente ser un Maestro, y por eso todavía no son aptos para que un Maestro los instruya personalmente.
 
296
 
   Se lo mira de reojo si no está vinculado con alguna entidad religiosa, con alguna tradición mística o con alguna intuición o monasterio. Porque, ¿quién o qué ha de convalidar lo “correcto” de su enseñanza y la acreditación del hombre mismo? Buscan una doctrina que sea “oficial” y a un revelador certificado por “autoridad”.
 
297
 
   El hombre que busca un Maestro del que espera aceptar perfectamente su visión cosmogónica, su pensamiento expreso y su conducta, busca lo imposible. No busca una enseñanza que esté sujeta a refutación mediante conocimiento científico; con todo, no quiere limitarse meramente a ese conocimiento. 
 
298
 
   Si su preconcepto sobre un Maestro es erróneo, como es probable que lo sea por la ridícula caricatura esbozada por cultos y libros populares, tal vez él no pueda reconocer a un Maestro real aunque se encuentre con uno. En lugar de ello, habrá una lucha interior. Sufrirá la agonía de la indecisión mental o moral.
 
299
 
   Quizás parezca frío e inasequible según sea lo que sientan quienes, equivocadamente, lo consideran un clérigo glorificado.
 
300
 
   Ve una imagen que él mismo creó, no la realidad del otro hombre. Sólo mediante estrecha asociación con él, bajo el mismo techo, le será posible averiguar cuán diferente es la imagen de la persona a la que  supuestamente representa. La primera es una criatura perfecta, pero imposible. La segunda es una criatura humana.

301
 
   Es comprensible y hasta disculpable que los débiles, los neuróticos, los desdichados o los no desarrollados, los inocentes y los inexpertos busquen la imagen de un padre que soporte todos sus agobios materiales y espirituales. Tienen derecho a hacerlo. Pero deberían buscarlo dentro de círculos religiosos o místicos, no dentro de círculo filosófico.
 
302
 
   El error que tanto buscadores cometen al acercarse a ese hombre es pedirle que les enseñe con los términos de ellos y con la modalidad de ellos, no según los términos y la modalidad de ese hombre.
 
303
 
   Si no tiene la apariencia que ellos crean que él debe tener o que esperan que tenga, ésa es otra causa de agravio. Culpan a la realidad —no se culpan ellos mismos— porque defrauda a la fantasía.
 
304
 
   Usted no ve al Maestro cuando ve el cuerpo de éste. No lo conoce cuando conoce su apariencia. No lo ama si sólo le atrae la gallarda apariencia de él. El Maestro real está en la mente de éste.
 
305
 
   El nivel espiritual de un hombre no se revela inmediatamente a nadie que mire su cuerpo físico. Y no sólo esto, pues si ese cuerpo físico es feo, deforme o senil, la repulsión puede hacer que se interprete de manera completamente errónea la naturaleza interior de ese hombre.
 
306
 
   Quienes rechazan la Verdad por la repulsividad exterior del portador de ésta, lo hacen por razones acertadas, o sea, porque no están preparados para recibirla. Quienes aceptan la Verdad por el atractivo exterior del portador de ésta, lo hacen por razones erróneas, o sea, porque no la recibieron para nada. Y esto porque, en ambos casos, no es la mente ni el corazón a los que apelaron sino a los sentidos. Ni la razón, ni la intuición, ni la experiencia suficiente ni la autoridad suficiente son los que juzgaron el testimonio respecto de la verdad sino la vista, el oído y el tacto corporales.
 
307
 
   Los rasgos personales del guía espiritual tal vez repelen al buscador. Pero si no dispone de otro que tenga el mismo conocimiento, el deber del buscador es reprimir sus rechazos y establecer la relación de discípulo. Si no lo hace, entonces paga muy caro el entregarse a la emoción personal y a la superficialidad de sus sentidos.
 
308
 
   Si un Maestro estuviera caminando por la calle, ni siquiera lo reconocerán necesariamente quienes lo están buscando y leyeron todos los libros sobre él.
 
309
 
   Es mucho menos probable que la mayoría piense que un hombre corrientemente vestido, bien afeitado y con el cabello de un largo normal pueda
Ser un adepto, a que lo sea un hombre de histriónica apariencia, vestido llamativamente.
 
310
 
   El triunfador, en su vida de mundo, suele tratar de impresionar a los demás con sus triunfos, pero en la vida espiritual, un hombre modesto puede ser un gran Maestro.


jueves, junio 09, 2011

El maestro y el discipulo


 
   Otra señal de que usted encontró al Maestro adecuando es cuando descubre que él es quien lo inspira, más que cualquier otro, pero que profundice más adentro de usted mismo.
 

   Reconocerá a su Maestro no sólo por la sensación de afinidad y la atracción de su enseñanza, sino también si, desde el primer encuentro físico, el rostro del otro hombre sigue reapareciendo persistentemente ante el discípulo.
 

 
   Quien encontró al Maestro que tiene destinado lo conocerá bien, como máximo, a los pocos meses. Porque descubrirá que abandonar al Maestro es tan difícil como las desvalidas limaduras de acero abandonen a un potente imán.
 

 
   La bendición de la paz o de la fuerza que el buscador siente en presencia de un hombre como ése y la disipación de toda duda de proximidad con su aura son indicadores de autenticidad y espiritualidad.
 

 
   Otra cosa que hay que buscar como señal del Maestro correcto es que su modo de pensar debería congeniar con el buscador.
 

 
   La persona más apta para ser Maestro de un hombre es aquella con la que éste puede ser su mejor yo.
 

 
   Se necesita humildad para reconocer que aquí existe un hombre cuya sabiduría es mayor que la nuestra.
 

 
   La clase de Maestro que él busca sea la de uno que sea amoroso: un Maestro lo bastante magnánimo como para recibirlo y para recibir sus pecados, flaquezas, necesidades y todo.
 

 
   Si todo lo demás está parejo, elija a su Maestro entre quienes estén cerca del final de la vida, o por lo menos que sean bien de mediana edad. Esto, porque tienen la madura experiencia que a los más jóvenes les falta. Pueden dar el
sosegado consejo, resultado de que aceptaron la vida, se amoldaron a las situaciones de ésta y sus deseos físicos declinaron.
 

 
   No hay que medir al Maestro solamente por sus discípulos más débiles, ni por sus discípulos más tontos. Una medición más justa deberá tener en cuanta también a los más sabios y ala los más fuertes. Lo que el Maestro hizo a favor de la mayoría de ellos lo hizo a pesar de ellos mismos, pues lo egos, con demasiada frecuencia, frustraron o retorcieron la influencia del Maestro. No obstante, esa influencia es allí inevitable e ineludible, y dentro de veinte o treinta años lo seguirá siendo todavía, aguardando que la resistencia del ego pierda consistencia.
 

 
   El buscador que discrimina es el que sólo responde a lo que es sabio, verdadero y excelente en un Maestro, pero lo que es frágil o falible en éste.


 
   Detrás de las frases majestuosas de la mayoría de los Maestros espirituales, al final de una minuciosa investigación que se basa en vivir con ellos o en los hechos históricos de sus vidas, solemos descubrir que se alzan unos pobres mortales frágiles. De ahí que los pocos que llegan a estar a la altura de sus enseñanzas, y no por debajo de éstas, sean los que más descuellen como hombres verdaderamente grandes.

 
   Presentar a ese hombre como perfecto—tal como lo hacen tantos indios—es un engaño. Su consciencia del Yo Superior quizá sea perfecta, pero su conducta como ser humano quizá no lo sea. ¿Existe en algún lugar un hombre perfecto?
 

 
   Quizá sea sabio, pero todo el tiempo. Porque la historia muestra errores de juicio, acciones impulsivas y otros hechos lamentables, debidos a presiones kármicas, incluso donde menos se los esperaba.
 

 
   Hay muchos modos de socavar la relación entre el estudiante y el guru: si a éste se lo ubica en un pedestal inalcanzable, si se lo convierte en un dios y se niega que sea humano, o si se cree que el guru es la perfección misma. La posibilidad de perfección en cualquier hombre es una cuestión discutible.
 

 
   En nuestra época no hay Budas, sólo hay seudos Budas. Afrontemos el hecho reconociendo las limitaciones del hombre y dejemos de engañarnos o de permitir que sean falsaos Maestros los que nos engañen.
 

 
   Demasiados buscadores crean una aureola sobrenatural alrededor de la personalidad del Maestro. Son demasiados los que la envuelven con una vestidura dramática o romántica. Son demasiados los que tienen  exageradas esperanzas desde la primera vez que se encuentran con él. La consecuencia de todo esto, a menudo es una decepción, una desilusión no razonable, con posteridad a un encuentro concreto que constituye la realidad, y pierden por completo su aplomo. Es probable que ver al Maestro muy de cerca no resulte tan notable como verlo desde lejos, a través de románticos larga vista. A la distancia, es fácil admirar y reverenciar a un hombre al que casi convirtieron en una deidad. Pero cuando ese contacto se acerca, también es fácil pasar a la dirección contraria y convertir al Maestro en hombre. No advierten cuán breve es su relación directa con él, cuán pocas son las apariencias que constituyen los datos para que arriben a sus conclusiones y cuanta es la fatuidad de los pigmeos espirituales que creen entender a un titán espiritual. Y juzgan que no es un gigante porque lo que aparentemente encontraron no coincide con la imagen mental que habían concebido acerca de él. Estas tampoco son las únicas razones de esa frustración. Es igualmente importante de que ese encuentro, o el período que le sigue inmediatamente, sea una señal para que una fuerza contraria se oponga. Los espíritus perversos tal vez encuentren su oportunidad precisamente entonces, para descarriarlo, los espíritus traviesos para tratar de confundir su mente y los espíritus mentirosos para hacerle sugestiones falaces. Sus debilidades de carácter y sus juicios defectuosos pueden magnificarse muchísimo e imponerle una estimación absurdamente equivocada acerca del Maestro. Hasta puede sentir un antagonismo personal hacia el Maestro. Desde luego, todo esto es una prueba para él. Si piensa que está juzgando si este hombre es apto para tener semejante Maestro, la vida está juzgando, a su vez, si él es apto para tener semejante Maestro. He aquí entonces algunas respuestas a la pregunta: “Si concedemos que los adeptos tienen derecho a ocultarse de la muchedumbre, ¿por qué parecen ocultarse también de los pocos que los buscan?”. Los adeptos confían en que los individuos que realmente están preparados para ellos los encuentren cuando llegue en  tiempo oportuno. Saben que esto sucederá no sólo porque el karma operará directamente y porque el propio Yo Superior impulsará al buscador, sino también porque la Búsqueda misma será regida por leyes que son sabias. Éstas son verdades elevadas y duras. Y son realidades de la vida; no se trata de sueños para aquellos a los que les gusta engañarse. Quién por ésta última razón rechaza tales verdades, lo hace corriendo el riesgo de que un día tenga que soportar un desagradable despertar.


 
   Los discípulos, alabando exageradamente al guru, impiden que el indagador cuidadoso se entere de la Verdad. Con la negativa de los discípulos a ver los hechos evidentes de las flaquezas e imperfecciones humanas del guru, porque la teoría de ellos los compromete a verlo como si fuera Dios, apartan a esa persona que indaga y fortalecen en ella la sensación involuntaria de ser discípulo de alguien es abandonar la búsqueda misma de la Verdad, suponiendo que ése es el motivo para que obren así.
 

 
   Toda alabanza exagerada tiende a apartar a las mentes frías y claras, y por ello tiende a minimizarse lo que es merecidamente laudable.
 

 
   ¿Por qué tratan, arbitrariamente, de convertir al iluminado en una criatura perfecta y sobrehumana, sin dejar que siga siendo el ser humano que realmente es? ¿Por qué siguen estando sin ver para nada los defectos que tiene y encuentran gárrulas excusas para sus faltas? ¿Ya no le queda bastante genialidad o bastante grandeza como para que sea totalmente digno de nuestra más profunda admiración? ¿Por qué no darle lo que se le debe, sin este acto innecesario de deificación, que meramente degrada hasta el absurdo lo sublime? Esto se debe a que habitan un plano en el cual la emoción cobra altura y el fanatismo se ahonda, donde la discriminación está ausente y la imaginación está presente en demasía. Esto se debe a que no llegaron a poseer actitudes filosóficas, ni las sintieron necesarias.
 

 
     En Oriente, hay una práctica por demás común: presentar a un guru ante el público lector, de una manera empalagosamente lisonjera. Los adeptos que escriben haciendo de cuenta que su guía espiritual es una persona perfecta, que jamás comete una equivocación y es siempre angelical en todo sentido, no le hacen ningún favor a su guía. Lo despojan de su humildad, y a las demás personas las despojan de la esperanza de alcanzar el estado que aquél alcanzó. Su confiabilidad y competencia, su carácter fidedigno y su santidad como guía, no disminuyen si sus limitaciones y defectos, como ser humano, son reconocidos.
  

 
   Sus adeptos muestran a estos hombres como si éstos fueran semidioses perfectos, sin saber que al obrar así, causan tanto perjuicio a los hombres mismos como a la causa de la verdad. Y lo que es peor, arrojan confusión en el sendero de todos los aspirantes que se forman ideas equivocadas en cuanto a lo que los aventaja y lo que deben hacer o ser.
 

 
   La actitud tradicional de un oriental hacia un guru llega a materializarse totalmente de una manera fantástica. Hemos observado a discípulos que bebían agua con la que lavaban los pies del guru y besaban la cola del caballo que el montaba. Ellos son, en parte el resultado de la pobre enseñanza que recibieron. Confunden ser esclavos de un guru con servir a la humanidad.
 

 
   Desconfío de las leyendas que los discípulos narran sobre la mayoría de los gurúes. ¿Por qué? Porque aquellos cesaron de buscar la Verdad.
 
 

 
   Es peligroso, cuando un hombre convierte la creencia en el conocimiento superior de su guía en la virtual omnisciencia de éste.

 

 
   Luego de documentar todos los méritos y capacidades del hombre iluminado, sus devotos y discípulos incurren fácilmente en exageraciones y olvidan las limitaciones de aquél, o ignoran el simple hecho de que sigue siendo un hombre entre los hombres.
 

 
   Los discípulos cometen exageraciones respecto del Maestro. Crean una nueva deidad. Si más tarde descubren inevitablemente que tiene defectos menores y comete pequeñas equivocaciones, emocionalmente se derrumban o sufren una crisis nerviosa. ¿Por qué, con todos los logros asombrosos que el Maestro posee, ellos no pueden aceptarlo como un ser humano?
 

 
   Es inevitable que pidan una atención individual continua ye es inevitable que él no pueda dársela a ellos. La consecuencia de esto es la desilusión, y empezarán a generarse pensamientos negativos.
 

 
   Lo asocian con la omnipotencia, si no lo hacen con la omnisciencia, pero cuando el tiempo pone de manifiesto la extravagancia y la exageración de sus expectativas idealizadas, la fe cae al suelo y se desinfla.
 

 
   Casi todo profesional que ayuda íntima o mentalmente a la gente tiene que pasar por ciertas pruebas, tentaciones o ordalías. El psicoanalista, el médico o el docente—cuando se ocupa de un paciente neurótico del sexo opuesto—puede pasar por la misma experiencia que el guía espiritual. Cuando ese paciente es femenino y emocionalmente demasiado afectuoso o físicamente sensual, será natural que se enamore, por un tiempo, del psicoanalista, del médico o del docente. Deliberadamente digo “por un tiempo”, porque a la fase siguiente—que el guía espiritual también conoce a esta tercera fase y la llama “transferencia”.
 

 
   El mismo discípulo cuyo exagerado entusiasmo le hizo considerar al Maestro como si éste fuera un arcángel, ahora, por un curioso proceso de transformación, ¡lo considera un archidemonio!
 

 
   El guía se topa con el hecho de que son mayoría los aspirantes que esperan demasiado de él. Aunque al comenzar los prevenga, dan poco crédito a sus palabras o las olvidan pronto. Esperan que use algún truco, cuyo secreto sólo él conoce, para convertirlos rápidamente en místicos iluminados o incluso en adeptos poderosos. Como consecuencia de esto, reaccionan emocionalmente en su contra cuando se desilusionan.
 

 
   O temprano ese hombre será reducido, por la imagen preconcebida que tienen sobre él, le echan la culpa, en vez de culparse ellos mismos.
 

 
   Debido a que sus seguidores lo ubican en sus corazones, en ese sitial único y excelso, se causan un daño psíquico real cuando creen necesario derribarlo del sitial.
 

 
   La primera ilusión que circula es que, por doquier existen algunos hombres perfectos. No sólo no se ha de encontrar perfección absoluta, si no que siquiera existe una perfección moderada entre los más espirituales de los seres humanos. De allí que la atmósfera de idolatría personal no sea sana. Es bueno que el impacto de una personalidad insólitamente sobresaliente produzca una experiencia intelectual o emocional inolvidable. Pero es malo creer que ese hombre es más un dios que un hombre, o inducir a otros a que lo crean, porque eso es una exageración que, al final, sólo podrá inducir como reacción, un desencanto, ya que tarde o temprano ese hombre será reducido, por lo que ulteriormente se conozca, a proporciones humanas. Pedir que un Maestro espiritual o un compañero amado sean perfectos en todos los aspectos es pedir lo que no es posible ni existe. En el caso de quien está en la Búsqueda, es probable que esto tenga por resultado perder la oportunidad misma que aquél está buscando. En el caso de quien ya está unido a un Maestro o a un compañero, es probable que la desviación que se experimente dé por resultado un desencanto y un volver sobre los propios pasos. No los convirtamos en lo que no son. Son humanos y cometen errores; no son dioses.
 
 
 
 

sábado, junio 04, 2011

El maestro y el discipulo


 
   Si usted puede encontrar a alguien cuya persona le atraiga muchísimo o cuyas enseñanzas le interesen más que las de otros, o cuyos escritos lo inspiren sobre los escritos de todos los demás hombres, entonces conviértala en su guía espiritual. No tiene que recurrir a ella para pedirle permiso, porque es usted quien tiene que hacer esto en lo íntimo de su vida interior. No depende de que el guía acepte o rechace personalmente la idea en la que usted cree ni en la imagen que usted se formó sobre él, para que esa idea y esa imagen cobre vida y efectividad. Sin embargo, usted formulará esta objeción: ¿Todo ese proceso no es auto—engañoso y no conduce a una alucinación carente de valor? Contestamos que eso podría ser si usted lo emplea mal e interpreta equivocadamente sus resultados, pero no es necesario que sea así, si usted hace funcionar esto acertadamente. Porque la telepatía es un hecho. Su fe en el otro hombre y su recuerdo de éste echan un cable desde el ser interior de usted hacia el de él y a lo largo de aquel correrá de vuelta una respuesta a la actitud que usted tenga.
 
   A quienes tienen un Maestro se les puede recordar que pueden tomar a alguien que les interese o inspire, y que con su propia actitud mental de fe y devoción hacia él, junto con obediencia a las enseñanzas que el hace públicas, es posible obtener de él, telepáticamente, ayuda interior e inspiración. Así crean por sí solos una relación mental que, en esa medida, no difiere de la que surgiría como parte de la relación regular entre Maestro y discípulo. También es preciso  recordarles que incluso que después de un encuentro  físico, en todos los casos sólo solo podría encontrase a un Maestro, cuando ellos sean suficientemente perceptivos para tener la capacidad de captar la presencia mental de él dentro de ellos mismos y cuando estén suficientemente desarrollados, de modo que estén preparados para él. La vía más práctica para la mayoría de los buscadores es dedicarse al trabajo auto—mejoramiento.
 
  ¿Qué esperanza hay para quienes no pueden entrar en el santuario de la mística y quedaron librados al recinto de la religión? ¿Hay que abandonarlos a una fría desesperación o a un duro cinismo? ¿Han de sumirse en las aguas de la perversión moral? No: que tomen la mano de un salvador que crean que llegó a ser adepto en yoga o un sabio en filosofía y haya anunciado su intención de dar su vida para iluminación de la humanidad. Que sea el refugio secreto. Que pidan y merezcan su gracia. La misma ayuda podrá ser utilizada por quienes crean que no podrán realizar el esfuerzo intelectual que la filosofía exige, pero desean trascender la etapa de la mística corriente en la cual ahora descansan.
 
   Los hombres sabios y buenos, que murieron, y dejaron sus ejemplos para que los imiten o sus palabras para que germinen, y todos los hombres que viven y escuchamos o con quienes nos encontramos o acerca de los cuales leemos son, en su totalidad, nuestros guías espirituales. Todos ellos pueden convertirse en nuestros Maestros, si tan sólo los convertimos como tales. ¿Por qué restringirnos entonces a un solo hombre, que tiene un solo punto de vista?
 
   Si no puede tener acceso a la compañía de un Maestro, podrá meditar sobre las biografías de Maestros históricos del pasado. Que introduzca en su pensamiento y en su estudio las situaciones significativas y las actitudes devotas de estas grandes almas para analizar aquéllas e imitar a éstas. Que piense a menudo y largo tiempo sobre el carácter y la conducta de tales almas. Que también lea y relea los mensajes escritos que nos dejaron. De este modo absorberá algo de la calidad de aquéllas.
 
   Son tan pocos los Maestros calificados que, hoy día, la cuestión ya no radica en escoger uno que particular o personalmente atraiga al buscador sino que ¡llegar a encontrar uno!
 
     La búsqueda de un Maestro es a menudo estéril y se malogra. ¿Por qué sucede esto? La respuesta es que, en primer lugar, hoy en día existen pocos Maestros, y en segundo lugar, son pocos los buscadores que están calificados para trabajar con un Maestro.
 
   No es fácil tener acceso a quienes tienen este conocimiento y, aunque se los encuentre, no lo divulgan con facilidad. Ellos son excesivamente pocos.
 
   No se trata sólo de que hay menos Maestros sino que los buscadores más perceptivos se sienten tímidamente inhibidos de acercárseles.
 
   Es una pretensión al mismo tiempo irracional e injusta decir que no se salvará hombre alguno que no se acerque físicamente a un Maestro. Porque pocos hombres pueden encontrar a ese Maestro y, aunque lo encuentren, no siempre podrán conocerlo, salvo a la distancia.
 
   En la antigüedad, había pocos libros que guiaran al estudiante y menos aún eran los libros de los que  éste podía disponer. En consecuencia, la necesidad de contar con un guía vivo era mucho mayor que ahora. En la antigüedad, era incluso difícil encontrar a esos Maestros. “Es raro el Guru que pueda liberar a su discípulo de las aflicciones que agitan su corazón”, dice el Skanda Puranam.
 
   Los hombres de más elevada capacidad intelectual no están necesariamente a la espera de discípulos que acudan a ellos. Saben muy bien que cada hombre, en última instancia, es su propio Maestro.
 
   Si el aspirante tiene bastante suerte como para encontrarse con un hombre o una mujer que, personalmente o mediante sus escritos, represente genuinamente lo verdadero y real, no se hará esfuerzo alguno para influir sobre él. Se lo dejará librado por completo a su propia y libre elección, ya sea que siga a esta luz oculta detrás de un celemín o a cualquier fuego fatuo disfrazado de luz.
 
   Es difícil establecer contacto humano con un Maestro, y es difícil hacer  que éste se interese en las actividades personales de uno.
 
   No es el encuentro real con un Maestro lo que tiene importancia, sino el reconocimiento  de que él es un Maestro.
 
   Están los hombres que llegan como embajadores de los cielos, y los escritos y las artes de los hombres, que llegan como reveladores. Pero, a menos que la reacción incluya el reconocimiento, el contacto es estéril y el encuentro inútil.
 
  ¿Cómo sabrá quien es realmente un Maestro y quien no lo es? A una distancia de un millar de años es fácil hacer una estimación de quienes dejaron el efecto de su grandeza espiritual, una generación tras otra, pero es difícil  medir a los contemporáneos, que tienen la apariencia de los demás mortales comunes y corrientes.
 
   A veces, un aspirante, un candidato, un neófito o un discípulo rechazará la oportunidad del contacto personal con  un Maestro, cuando se presente, porque se siente indigno, avergonzado o incluso culpable. Es un grave error  que rehúse lo que un destino favorable le ofrece de esta manera. Por pecador que sea, también existe el hecho de que anhela elevarse por sobre sus pecados; de lo contrario, no se habría compungido por ellos. Por puro que el Maestro sea, también está el hecho de que no culpa a nadie, no se parta de nadie y extiende su benevolencia a los virtuosos y a los pecadores por igual. En verdad, puede decirse que del Maestro que la ausencia total de orgullo o infatuación genera la ausencia total del pensamiento de que él no es más santo que otro. Debería aprovecharse la posibilidad de encontrarse con él, a pesar de todos los temores personales que se abriguen al respecto o de todos los sentimientos personales sobre nuestra falta de virtud.
 
   En ocasiones, uno cree que no es suficiente digno para lograr contacto con el Maestro espiritual, porque no tiene un “corazón limpio”. Ésta es una actitud mental equivocada. Uno necesita ayuda para lograr que “el corazón” esté “limpio”, no hay nada de malo en buscar esa ayuda.
 
   Usted marchará largo tiempo o visitará muchas ciudades, antes de encontrar a otro iluminado. Por ello, acójalo y enhorabuena piense en él para poder aprovechar este encuentro afortunado.
 
   Se necesita un poco de humildad y más discernimiento para acercarse a un hombre así y pedirle que nos dé el beneficio de su conocimiento, su intuición, su experiencia y su sabiduría, todo lo cual es insólito y extraordinario. 
 
   Si la presencia, el rostro, el porte o la enseñanza de ese hombre ponen de manifiesto en él algo de apariencia divina, no deberíamos vacilar en concederle el beneficio de nuestro reconocimiento como un ser inspirado, aunque queramos otorgarle nada más.
 
   Recuerde que no es probable que un Maestro viva tanto como usted, puesto que tal vez sea un hombre mayor. Por ello, aproveche su presencia lo mejor que pueda. 
 
   Si uno permite que la oportunidad se escape sin aprovecharla, puede ser que no ocurra otra vez.
 
   Él puede asegurarse una ayuda valiosa de diferentes fuentes con las que se encuentre en el camino, pero sobre todo, deberá encontrar al Maestro a quien él pertenece por afinidad interior y en cuya escuela se sienta muy cómodo. Una vez que lo encuentre, debería negarse tenazmente a que lo parten de la órbita del Maestro, pues si permitiera que sucediese esto, perdería años preciosos y tropezaría con sufrimientos innecesarios, sólo para tener que volver finalmente a ése maestro.
 
   Haga lo que hiere, no podrá cambiar permanentemente de Maestros. El guía espiritual que el destino y también la afinidad le asignaron es el que tiene que aceptar al final, si no lo hace al comienzo. E su real Maestro, el único cuya imagen surgirá una y otra vez ante el ojo de su mente, oscureciendo o borrando las imágenes de todos los demás guías hacia los cuales el buscador se volvió en procura de la dirección temporaria que necesitaba.
  
   Entre los mortales vivos, no hay uno solo con él que pueda vincularse así, uno con el que nunca pueda encontrarse físicamente sino quizás a través de una foto, de una obra de arte, de un nombre que alguien pronunció o quizás a través de un párrafo de un escrito que fue publicado. Entre quienes ya no viven corporalmente, pero con los que se estableció el vínculo en nacimientos anteriores, el eco retornará y la idea misma bastará.
 
   Lo que podemos esperar que hoy día encontremos no será más un Maestro para que instruya nuestras mentes, ni un Maestro para que guíe nuestros pasos, sino un inspirador que nos haga arder y nos muestre el mundo como el Yo Superior lo ve. Sólo hay un hombre en todo el mundo que pueda hacer esto a favor de cada buscador. Y sólo ese hombre podrá realizar este milagro.
 
   Es un extraño misterio por qué el destino ha decretado que estos buscadores de Dios tengan que depender de la mente iluminada y del corazón vigoroso de este único hombre para la ayuda que ellos necesitan más que la de cualquier otro hombre. Esto es extraño porque, hasta que lo encuentren, su Búsqueda parece experimentar una gran carencia que los lleva al borde de la angustia.
 
   La atracción que hace que un hombre escoja a alguien como su Maestro y que hace que el Maestro quiera ayudarlo es análoga a la afinidad química. No es deliberada y conscientemente se elijan uno al otro, sino que no pueden dejar de hacerlo.
 
   El Maestro sabe, automática e inmediatamente por su propia intuición, si un aspirante al discipulado se halla en afinidad con él o no, y de ahí que acepte o rechace a ese hombre o no.
 
   Si tiene sensibilidad y elevado anhelo, y si en el otro hombre existe alguna fuerza espiritual real, él sentirá involuntariamente una excitación interna y una expectación intuitiva, casi desde el primer minuto del encuentro de ambos. Pero si también se halla en un grado suficiente de preparación y de anhelo de aprender, y si hay afinidad personal o prenatal con este hombre, ento9nces se sentirá sacudido hasta lo más recóndito de su ser y capturado en su mente y en su corazón. Porque sentirá los comienzos del discipulado.
 
   La posibilidad suprema del aspirante llegó con ese encuentro. Cuando el aspirante entra en contacto con un alma avanzada, su propio anhelo semeja un imán que atrae espontáneamente la fuerza del pensamiento espirituales del otro hombre. De inmediato experimenta una elevación y una iluminación. Este resultado será completísimo si el encuentro es personal. Si es por medio de un libro o de una carta que otro hombre escribió, el resultado está aún presente, pero en un grado más débil.
 
   La búsqueda del Maestro: se asignan grandes posibilidades a la primera entrevista entre el estudiante que busca seriamente ser dirigido, necesita una guía o solicita un consejo, y el iluminado que estableció una comunión con su propio Yo Superior. Estas posibilidades no dependen del tiempo que se insuma ni de lo que se diga durante la conversación real misma. Dependen de la actitud que el estudiante traiga silenciosamente consigo y de la fuerza que el iluminado exprese silenciosamente. En otras palabras, dependen de factores invisibles y telepáticos.
 
   Encontrará a un Maestro sólo cuando finalmente esté preparado para éste. Pero, a fin de estar preparado, el aspirante deberá exigir a su carácter hasta el máximo de sus posibilidades. Una vez hecho esto, entonces, incluso en el primer encuentro, la fuerza de atracción hablará silenciosa aunque elocuentemente. Ambos sabrán, antes de que termine su primer encuentro, que el otro es el correcto; no habrá dudas ni vacilaciones; éstas sólo podrán existir cuando el juicio sea erróneo. El aspirante conocerá una afinidad del alma que no podrá experimentar ni pudo experimentar anteriormente con ningún otro. La afinidad tiene su propio leguaje, el cual es claro. Éste hará qué ambos hombres estén perfectamente cómodos.
 
 
 
 
 

martes, mayo 31, 2011

El Maestro y el Discipulo

 
 
 
   El buscador que pasó de un culto a otro durante varios años y no quedó satisfecho, no debería perder más tiempo buscando a Dios a través de esas organizaciones o de esos auto—denominados Maestros, sino que debería empeñarse
 
   A menudo se dice que el Maestro aparecerá cuando el discípulo esté preparado. Sin embargo, no he leído todavía que alguien haya agregado esto:
 
Que el Maestro puede ser invisible e inaudible, o sea, que esté enteramente dentro de uno. 

   No digo que encontrar un Maestro internamente de esta manera sea el mejor modo, sino que para muchos buscadores es el único modo. Las limitaciones que tienen se combinan con el destino, para hacer que sea así
 
   Si su destino es hallar un Maestro sólo mentalmente y no corporalmente, y las circunstancias lo obligan a buscar internamente y no externamente, entonces será prudente que acepte la guía y no se rebele contra ésta. Porque descubrirá que, si la sigue con fidelidad, le brindará una vívida presencia interior, una voz que guía donde aparentemente no haya guía alguna.
 
   En muchos asuntos es necesario someterse a lo que el destino quiera. Sin embargo, uno debería saber que mediante la actitud mental correcta, el contacto interior y el encuentro interior, podrá obtener incluso lo que el encuentro y el contacto exteriores no pueden. Después de todo, ese encuentro interior es el real: más real que el físico. No basta haber tenido un solo encuentro físico para contar de allí en adelante con la posibilidad de este contacto.
 
   La verdad es que el Maestro puede aparecer de tres modos: el primero, sólo interiormente durante toda la vida; el segundo, al principio interiormente como “Palabra Interior” y tiempo después como el guía humano físicamente encarnado, y el tercero, como el Maestro encarnado desde el comienzo del mismo. Los dos primeros casos presuponen la práctica de la meditación y su desarrollo hasta cierto grado de intensidad. El tercer caso no necesita meditación anterior, sino requiere una actitud de búsqueda de la Verdad, de ayuda o de guía, desarrollada hasta una intensidad tan grande como en los otros casos.
 
   Toda Búsqueda y hallazgo de instrucción espiritual a través de un Maestro espiritual, por último llega a ser real sólo en un plano mental. Por lo tanto, él debería dirigir sus esfuerzos en esa dirección, con plena fe.
 
   No es necesario exagerar la dificultad que usted menciona en relación con encontrar un Maestro. Usted tiene, en su interior, un rayo de Dios, el cual es su propia alma. Si le reza e implora constantemente en procura de guía, lo conducirá con seguridad hacia todo lo que usted necesite conocer.
 
   Quienes no contaron con la Búsqueda del Yo Superior a través de un Maestro, deberían considerar esto mismo que les faltó, como si fuera una instrucción de la Búsqueda misma. Que recuerden que Dios está presente en todas partes y no hay sitio donde Dios no esté. Dios también está en ellos. Esta presencia inmanente es el Alma. Que se vuelvan directamente hacia ella, sin buscar más a nadie que actúe como intermediario, ni correr más de aquí para allá en busca de éste. En el sitio exacto en el que ahora están es donde precisamente pueden establecer contacto con Dios a través de su propia Alma. Que le recen a ella sola, que mediten en ella y obedezcan lo que su intuición les ordene, y no necesitarán agente humano alguno. A partir de este momento, no deberían buscar a nadie más y deberían seguir el consejo de Buda, en el sentido de depender de sus propias fuerzas. Pero, puesto que éstas están latentes necesitan empeñarse en regímenes físicos que les den las energías necesarias para este gran esfuerzo.
  
    El aura de impersonalidad aparente que rodea al Maestro, a menudo desalienta, inquieta o turba a un estudiante. Esas reacciones son naturales pero también deben ser dominadas, lo cual puede hacerse aprendiendo a reírse de uno mismo y a estar en paz.
  
   No busque la Verdad entre los desequilibrados, los obsesionados por el ego, los insensatos, los histéricos y los insensibles. Búsquela entre los modestos, los serenos, los intuitivos, los que bucean en lo profundo y los que honran cabalmente al Yo Superior.
 
   Muchos se adhieren a una enseñanza imperfecta, semi—competente o semi—satisfactoria, porque no disponen de una mejor.
 
   La instrucción incompetente es indeseable, pero en algunos casos puede ser útil si se la detiene en el punto adecuado.
 
   El estudiante puede tener la certeza de que si en este sendero hay una guía competente, no existen detenciones. Deberá seguir avanzando hasta que llegue a la meta o deberá librarse de su guía.
 
   Un antiguo relato hindú muestra con claridad cuán inútil es ir a pedirle ayuda a un Maestro que sólo tenga conocimiento intelectual de esto (es decir, un conocimiento verbalizado). Había una vez cierto rey que ansiaba obtener la consciencia divina y consiguió la guía de un pundit brahmín. Recibió enseñanza durante dos meses, más descubrió que nada lograba en cuanto a una experiencia directa de la divinidad, por lo que amenazó al brahmín con su regio descontento. El pundit regresó a su casa muy afligido; había hecho todo lo posible y no sabía como contentar al rey. La hija del brahmín que era una muchacha muy inteligente, advirtió la angustia de su padre y le pidió que le contara cuál era la causa. Al día siguiente ella apareció en la corte e informó al rey que podría dilucidar el problema de éste. Luego, le pidió que ordenara a sus soldados que ataran a ambos en columnas separadas. Aquéllos  lo hicieron. Entonces la muchacha le dijo: “OH, Rey, líbrame de este cautiverio”. El rey le contestó: “¡Qué dices! Hablas de algo imposible. Yo mismo estoy cautivo ¿y cómo te podría liberar?”. La muchacha le dijo riendo: “OH rey, he aquí la explicación de tu problema. Mi padre es un prisionero de este mundo de ilusión. ¿Cómo podrá liberarte? ¿Cómo podrás tu obtener de él la divinidad?”
 
   Si alguien que presenta una visión del mundo sabe realmente de lo que está hablando, debería haber alguna vitalidad perceptible en su conversación.
 
   Si un Maestro vacía la cartera o la billetera de sus discípulos, tenga la seguridad de que es un falso Maestro. Si les exige servilismo, es muy probable que sea falso Maestro. Si no concuerda con la actitud de alguien, pero tiene un sello de autenticidad, tal vez no sea el particular Maestro con quien esa persona pueda encontrar afinidad.
 
   Una debilidad existente en los que hacen de esto un culto es que persisten en ver a su líder como si éste poseyera cierto carácter y elevada consciencia sustentados en hechos. Hacen de él un súper-hombre que nunca se equivoca o legan a deificarlo como si fuera un dios vivo. Sus virtudes las exageran o las inventan, y consideran que sus palabras más trilladas son oráculos proféticos o epigramas sapienciales. Si no le atribuyen el don de la omnisciencia cósmica y de la presencia total, le asignan algo por el estilo. Como consecuencia, las expectativas de sus devotos, tras remontarse demasiado, deberán caer demasiado bajo cuando la personalidad de ese líder se desinfle y sus defectos queden al descubierto. La inevitable secuela de esto es la desilusión. Sin embargo, puesto que no muchos buscadores espirituales de esta índole, que se unen a organizaciones, poseen las cualidades de la discriminación y la inteligencia, la masa de seguidores de aquel líder se aferra a su ídolo. Un líder honrado y sincero se sentiría alarmado ante ese culto exagerado, y haría todo lo posible para desestimar y poner fina esto. Él sabe que, crear un culto de esa persona en particular, desviará la atención, del apropiado objeto de la devoción.
 
   Hemos visto surgir a numerosos Maestros espirituales en Occidente o llegar hasta aquí desde el Oriente, cada uno de ellos parece encontrar cierta cantidad de adherentes. Estos Maestro y sus enseñanzas son de calidad variable y pueden ser útiles para muchos de los que unen a ellos. Pero es necesidad prevenir de algún modo contra las exageraciones en que tales Maestros incurren acerca de sí mismos o, si no, contra aquéllas en las que sus seguidores incurren. Es fácil embaucar a buscadores que carecen de instrucción y experiencia, postulando la iluminación suprema. Mejor es buscar las señales de humildad e impersonalidad.
 
   La importancia excesiva y la devoción exagerada que se tributa a un guru sólo pueden tener valor en las primeras etapas de la Búsqueda. Entonces, el punto de vista posee tanto ego, que el aspirante no puede sentirse satisfecho a menos que tenga un guru. Pero esta relación es todavía un apego; por lo tanto, más tarde hay que desprenderse de ella.
 
   Esta exagerada idealización del guru, tan generalizada en la India y tan copiada ahora por los buscadores occidentales, podría indicar una etapa elemental.
 
   Tributamos gran reverencia a la persona que es digna de ella—a un santo o un sabio—pero sólo podemos arrodillarnos, en adoración, ante el espíritu eterno. Ningún ser humano tiene derecho a recibir adoración u mucho menos a pedirla; tributarla es idolatría.
 
   Después de todo, él es un ser humano, una persona; no es un semidiós. Adorar al hombre no sólo está fuera de lugar sino que también, en un sentido, es irreverente.
 
   Podemos admirarlo por sus excelentes cualidades, pero eso no significa que estemos de acuerdo con él en todos sus puntos de vista.
 
   Le preguntaron a Gautama: “¡Son tantos los maestros que acuden a nosotros con su doctrina! ¿Quién de ellos está en lo cierto y quién está equivocado?” Y él contestó así: “No deberían aceptar una doctrina porque piensen esto: ‘El nuestro es un maestro al que se le debe gran deferencia’’’.
 
   Una actitud emocional superficial respecto de la Verdad consiste en interesarse menos en el mensaje que en el mensajero, y en las ideas que se enseñan que en su origen humano.
 
   Muchos orientales sufren las malas consecuencias de un respecto exagerado hacia sus guías espirituales, mientras que los europeos y norteamericanos sufren las consecuencias de un respeto insuficiente hacia aquellos.
 
   Los discípulos no necesitan dar rienda suelta a empalagosos panegíricos de su Maestro. Esto no ayuda a nadie, porque suscita extravagantes esperanzas en sus oyentes: hace que sean menos capaces de recibir la verdad y pone en aprietos al Maestro mismo. Necesitan aprender que la grandeza de éste podrá ser apreciada mucho más sinceramente mediante una descripción moderada, y la grandeza de su ser interior podrá ser mejor representada y más fácilmente creída, mediante una exposición digan de la verdad tal cual es. Si los demás sólo pueden ser impresionados con adornos fantasiosos o exageraciones tontas, no están preparados para el Maestro y deberían buscar en otra parte, entre los cultos que complacen a los ingenuos.