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viernes, febrero 10, 2012

Fluisci

Fluisci con qualsiasi cosa stia accadendo e mantieni libera la tua mente. Resta centrato accettando qualsiasi cosa tu stia facendo. Ecco l'assoluto. * (Chuang-Tzu)

Olvidar las palabras - Chuang Tzu






"El propósito de una red de pescar es pescar peces y,
cuando los peces son atrapados, SE OLVIDA LA RED.

El propósito de una trampa de conejos es atrapar conejos.
Cuando los conejos son atrapados, se olvida la trampa.

El propósito de las palabras es COMUNICAR IDEAS.
Cuando las ideas son comprendidas, SE OLVIDAN LAS PALABRAS.

¿Dónde puedo encontrar un ser humano así, que haya olvidado las palabras?
Con él si me gustaría conversar."

viernes, enero 20, 2012

La Sabiduria de Chuang Tse, Textos fundamentales del Taoismo





La Sabiduria de Chuang Tse, Textos fundamentales del Taoismo
Junto con Lao Tse, el también semilegendario Chuang Tse es el máximo representante del taoísmo, el maestro de maestros. En alguna medida, se le puede identificar con el filósofo Chuang Chou (-360 a -286), autor de una parte del libro; sin embargo, al igual que Homero o el propio Lao Tse, constituye también la encamación mítica de una antiquísima corriente de pensamiento, plasmada en fragmentos dispersos de depurada sabiduría que fueron configurando, a lo largo del tiempo, una obra canónica. Sea cual fuere su inescrutable origen, lo cierto es que este libro es el que más ha influido en los poetas, artistas y filósofos chinos de todos los tiempos, superando en importancia incluso a los legendarios I Ching y Tao Te Ching.


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sábado, noviembre 12, 2011

Chuang Tse y el sueño de la mariposa


 
       
 
 
 
“Revoloteaba alegremente; era una mariposa muy contenta de serlo. No sabía que era Chuang Tse. De repente despierta. Era Chuang Tse y se asombró de serlo. Ya no le era posible saber si era Chuang Tse que soñaba ser una mariposa, o era una mariposa que soñaba ser Chuang Tse.”
Existe la generalizada creencia de que el Tao es un concepto que nace con el Tao Te Ching , de Lao Tse (s. VI a. C.). En realidad, quinientos años antes —en el siglo XI a. C.— el I Ching ya daba por sentado que el Tao designaba el curso de las estrellas en el cielo, por lo que adquiría el sentido de orden eterno.
 
 
A la palabra Tao se la ha traducido como camino, sentido, método, sendero, arte, verdad, línea, razón, sustancia, principio, logos. En muchas escuelas, camino expresa liberación, exaltación, conquista; los Vedas llaman a su máximo sacerdote pathi-krt, “el que hace el camino”; en Roma, pontus fex, “el que hace el puente”, pontífice.
 
 
Cuando se nombra al Tao como “origen” conviene remitirse a la fuente de tal afirmación, el capítulo 42 de Lao Tse: "El Tao engendra al Uno; el Uno engendra al Dos; el Dos engendra al Tres, y el Tres a los Diez Mil Seres.”
 
 
Anterior a todo lo existente, el Tao tiene asimismo la particularidad de ser incognoscible, inefable e infinito. Por eso, bien se cuida Lao Tse de advertirnos en su frase inicial del “Tao Te Ching”: “El Tao que puede ser hollado no es el Tao permanente e inalterable. El nombre que puede ser mencionado no es el nombre permanente e inalterable”.
 
 
Estas salvedades nos obligan a tener en cuenta que llegar a una definición de Tao es como querer ganarle una carrera a nuestra sombra.
 
 
Afortunadamente, para el Tao, tantos siglos no lograron encasillarlo; de ahí que sus enseñanzas sigan siendo todavía un alimento vivo. Y, si bien Lao Tse, en los 81 capítulos del Tao Te Ching expuso la teoría y la práctica del Tao, una de las más ricas venas literarias de la escuela taoísta la brindó la obra de Chuang Tse (muerto en el año 275 a. C.), complementando el rigor filosófico de Lao Tse con su imaginería humorística, poética y mística.

 
 
Un sabio modesto y burlón

Desde la época de oro —dinastía Chou, 1.122-481 a. C.— en adelante, China osciló entre dos corrientes filosóficas opuestas: Lao Tse-Chuang Tse, por un lado, y Confucio-Mencio por el otro. Recién mil años después —siglo V d. C.— ingresa al Imperio el budismo de la mano de Bodhidharma, pero esta escuela no hace sino formar una alianza con el taoísmo, dando como resultado el Ch’an que, por lógica también se contrapone al confucianismo. Sin la presencia del taoísmo, la doctrina india del Buda difícilmente hubiera progresado en China, debido a la diferencia de personalidades entre ambos pueblos. ¿Cuáles son, entonces, las características que identifican a Chuang Tse y lo distinguen de las de Confucio?
 
 
Claude Roy —en su Claves para China— describe así estas diferencias: “La sabiduría de Chuang Tse es modesta y burlona, expresada con imágenes, por medio de pequeños apólogos maliciosos e irisados. Sus lecciones son enimgáticas, alusivas”. El historiador Sze Ma Chien dice: “Sus enseñanzas son semejantes al curso caprichoso de un agua que se extiende... nadie puede utilizarlas con un objeto bien definido. Todo lo contrario ocurre con Confucio —sigue Roy—, que pone en manos de quien lo escucha herramientas muy útiles y armas muy prácticas. Chuang Tse sugiere más que dicta; orienta más que guia. Es un encantador, no un profesor. Hace respirar un aire de libertad, mientras Confucio hace reinar un orden de las funciones. Se burla y critica, mientras Confucio dogmatiza y amonesta. Chuang Tse tiene espíritu. Se escurre y elude la mano que pretende inmovilizarlo. Corre y corre, como el hurón de la canción; como las nubes del cielo; como esa partícula del espíritu que llaman la loca de la casa porque no quiere quedar prisionera en ella”.
 
 
Chuang Tse deseaba sencillamente hacerse olvidar y desconocer; fundirse en la naturaleza y en lo que le rodea, como esos insectos que se vuelven semejantes a la rama muerta o a la hoja verde en la que se refugian.
 
 
La moral de Chuang Tse es una moral idealista, evasiva. Recomienda la flexibilidad, el abandono, la confianza total en la naturaleza. Confucio explica la duración del Imperio; Chuang Tse explica la poesía y el humor chino. Uno ha salvado al Estado; el otro ha hecho perdurar la lozanía. Uno encarna el orden; el otro la fantasía. Por eso, el dicho popular chino: “Cuando alguien tiene éxito en este mundo, es siempre un confucionista, mientras que cuando fracasa es siempre un taoísta”.

 
Sus parábolas


Tanto Lao Tse como Chuang Tse no fueron sino autores de un sólo libro cada uno. El primero se ocupó de darle un título — Tao Te Ching , tratado sobre la Virtud del Tao—, mientras que al segundo ni siquiera se le cruzó por la mente hacerlo, de modo que hoy su obra se conoce únicamente como Chuang Tse . Si bien esta última es bastante más voluminosa que la de su padre doctrinario, quizás no es sino debido al desarrollo literario del que carece el epigramático Tao Te Ching . No obstante, abundan en Chuang Tse los mismos temas recurrentes sobre los cuales machacó tres siglos antes que él Lao Tse: la preservación de la vida siguiendo al Tao; la simplicidad y la quietud; la fuerza de la debilidad; la no-violencia; las sabiduría de parecer tonto.
 
 
En los treinta y tres capítulos del “Chuang Tse” nos encontramos con cientos de parábolas —como la de la mariposa que encabeza este escrito— que, utilizando este recurso literario, transmiten una enseñanza taoísta ejemplificada en casos concretos de la vida diaria. Veamos algunas de ellas.
 
 
• Acerca de la “inutilidad” de la sabiduría, Chuang Tse dijo: “Hay un gran árbol; su tronco es tan grueso que sería muy difícil cortarlo. Ahí sigue al borde del camino. Los carpinteros que pasan por allí ni se dignan mirarle, pero muchos viajeros se cobijan bajo su enorme sombra. Así es el Sabio: de tan grande deviene en inútil, pero muchos se cobijan bajo sus palabras. ¿Por qué, entonces, va a ser perjudicial y malo no servir para nada?”
 
 
• Para los que desconocen la unidad, tenemos esta parábola: “Un monero les dijo a sus monos:‘Les daré tres nueces por la mañana y cuatro por la tarde’. Los monos empezaron a protestar, diciendo que eso no era justo. Entonces, el monero les dijo: Está bien; les daré cuatro nueces por la mañana y tres por la tarde. De esta manera, los monos quedaron contentos.
 
• Una advertencia acerca del peligro que implican los sentidos: El Mar del Norte y el Mar del Sur se encontraban siempre en el Centro. Como este los recibía muy bien, ambos quisieron gratificarle y se dijeron: ‘Todos los hombres tiene siete orificios que les sirven para ver, oír, comer. Este no los tiene; vamos a hacérselos’. Cada día le abrían un orificio. Al séptimo día murió”.
 
 
• Para indicar que la alteración de la naturaleza de las cosas trae sus consecuencias, Chuang Tse afirmó: “Las extremidades de los patos son cortas pero si pretendes alargarlas, será con dolor. Las patas de las grullas son largas pero si las acortas, será también con dolor. Así lo que naturalmente es largo no necesita acortarse y lo que naturalmente es corto no necesita alargarse. De esta manera no será preciso quitar penas. Querer regular todo es vulnerar la naturaleza”.
 
 
• Una aguda crítica a las tendencias sociales la encontramos en el capítulo 12: “Si caminan juntos tres compañeros y uno se extravía, aún se puede llegar al final del viaje porque los extraviados son los menos. Pero si los que se extravían son dos, tendrán más trabajo en llegar a destino porque los extraviados vencen en número”.
 
 
• Cuando confundimos medios con fines, Chuang Tse nos presenta este pensamiento: “La utilidad de la red está en los peces que coge. Cogidos los peces, se olvida la red. La utilidad de la trampa radica en los conejos que captura. Capturados los conejos, se olvida la trampa. La utilidad de las palabras está en las ideas que expresan. Entendidas las ideas, se olvidan las palabras.”
 
 
• Una última parábola, esta acerca de lo necesario, otro de los pilares sobre los que se asienta el taoísmo: “Chu estuvo aprendiendo el arte de matar dragones y en ello agotó toda su hacienda. En tres años aprendió la disciplina, pero nunca halló ocasión para ejercer su habilidad. El sabio, aun lo necesario, no lo toma como necesario, de ahí que nunca guerrea. El ignorante, aun lo no necesario, lo toma como necesario, por esto tiene tantas guerras”.

 
Sus aforismos


Los aforismos han sido a lo largo de la historia una modalidad de expresión que, condensados el máximo de sabiduría en un mínimo de palabras, evita cualquier comentario, ya que la enseñanza es tan obvia que sólo alguien que deliberadamente no la quisiera ver podría ignorarla. Chuang Tse nos muestra su maestría en este género con los siguientes aforismos:
 
 
• “¿Acaso puede haber hijos y nietos si antes no hubiera habido hijos y nietos?”
 
• “Quien equipara lo visible con lo invisible, no temerá las vicisitudes de la vida y de la muerte.”
 
• “Cuando inspecciones un templo, no te olvides de recorrer también los retretes.”
 
• “A nadie se le coge si no es en la trampa de aquello a lo que está aficionado.”
 
• “No puede uno crecer más por haber subido más alto, ni tampoco puede ser más pequeño por vivir en un lugar más bajo.”
 
• “Las palabras deben siempre detenerse ante lo que el entendimiento ignora.”
 
• “La vejez que no tiene más primacía que la del tiempo, no es verdadera primacía. Ser hombre y no aventajar a los demás con hombría de bien, no es más que vejez.”
 
• “Si la vida pesa mucho, las riquezas pesarán poco.”
 
• “La nivelación hecha con un nivel mal nivelado no es nivelación.”
 
• “Cortando cada día una mitad a un palo de un pie de largo, no se acabará en diez mil siglos.”
 
Uno de los temas insistentes en el taoísmo es el de la sabiduría como un factor gradual. Finalicemos, entonces, con este anhelo que atravesó veintidós siglos de vigencia:
 
“Los pies pisan el suelo; pero es aquello que no pisan lo que permite caminar. Aquello que se conoce es poco; pero, apoyado en lo poco que se conoce es posible conocer mucho”.
 
 
 
 
 
"Lo que digo no es ficticio, sino digno de crédito y cierto.
Lo que está más abajo es como lo que está arriba,
y lo que está arriba es como lo que está abajo.
Actúan para cumplir los prodigios del Uno."
La Tabla Esmeralda

viernes, noviembre 11, 2011

Dichos de Chuang Tse


 
 
 
 
 
 
El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que sombreaba el cerro del genio del suelo, en Köiu-yuan. El tronco de este famoso árbol podía esconder un buey. Se elevaba recto a ochenta pies de altura y esparcía unas ramas maestras, en cada una de las cuales se habría podido excavar una lancha. La gente acudía por decenas para admirarlo.
 
 
El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada.
 
 
Pero, ¡mirad!, le dijo su aprendiz. Desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y ni se digna a mirarla!
He visto, dijo el maestro. Inadecuado para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo.
 
 
 
 
Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Köiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: Sí, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. Su utilidad les resulta fatal a todos. Asimismo, yo también soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo.
 
 
A la mañana siguiente, el aprendiz preguntó al maestro: si este gran árbol es feliz de ser inútil, ¿por qué se dejó hacer genio del lugar?
Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer, dijo el maestro, y además le importa un comino. No es la veneración popular que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Tal es el sabio taoísta, que es colocado allí a pesar suyo y se abstiene de actuar.
 
 
Al producir los bosques, la montaña atrae a aquellos que la despojarán. 'Al dejar gotear su grasa, la carne activa el fuego que la asa. El canelero es cortado porque su corteza constituye un condimento apreciado. Se entalla el árbol de barniz para hurtarle su valiosa savia. La casi totalidad de los hombres se imagina que ser juzgado apto para algo es un bien. En realidad, lo que es una ventaja es ser considerado inepto para todo.
 
 
Convertid el no-actuar en vuestra gloria, en vuestra ambición, en vuestro oficio, en vuestra ciencia. El no-actuar no desgasta. Es impersonal. Devuelve lo que ha recibido del cielo sin guardar nada para sí. Es esencialmente un vacío.
 
 
El hombre superior no ejerce su inteligencia sino a la manera de un espejo. Sabe y conoce sin acarrear atracción ni repulsión, sin que ninguna huella persista. Siendo así, es superior a todas las cosas y neutro respecto a ellas.
 
 
No, no alabaré a aquel que ha violentado su naturaleza por la práctica de la bondad y de la equidad. No alabaré a aquel que se ha dedicado al estudio de los sabores o de los sonidos, o de los colores aún cuando fuera célebre como U-eull, como Cheu-koang, como Li-Chou. No, el hombre no es bueno por practicar la bondad o la equidad artificial. Es bueno por el ejercicio de sus facultades naturales. Aquel que sigue sus apetitos naturales utiliza correctamente sus gustos. Aquel que escucha su sentido íntimo utiliza correctamente su oído. Aquel que no mira más que a sí mismo utiliza correctamente su vista. Aquellos que miran y escuchan a los demás, fatalmente toman algo de las maneras y juicios de los demás, en detrimento de la rectitud de su sentido natural. A partir del momento en que se han desviado de su rectitud natural, que tengan la fama de bandolero como Chee o de sabio como Pai-i, poco me importa; a mi juicio no son más que hombres desviados. Ya que para mí, la regla consiste en la conformidad o disconformidad con la naturaleza. La bondad y la equidad artificial son para mí tan odiosas como el vicio y la depravación.
 
 
En el centro de todas las cosas y superior a todas ellas, se encuentra la acción productora del Principio supremo. El Principio supremo es único y se transforma en acción productora. Trascendente y actuando sin cesar, es el Cielo (el instrumento físico de la acción productora del Principio). Por ello, los sabios adoptan como norma dejar hacer al cielo sin ayudarle, dejar actuar la acción productora sin interferir, dejar el primer Principio libre, sin pretender platicar en su lugar.
 
 
Cheu-Choeng-koi se fue a visitar a Lao-tsé y le dijo: he oído decir que eres un sabio y he recorrido muchas tierras para venir a verte. He andado durante cien días, hasta tener la planta de los pies callosa, y he aquí que me percato de que no eres un sabio, pues haces conservar indefinidamente los restos de tus comidas; has maltratado a tu hermana porque las ratas hurtaron unas pocas legumbres.
 
 
Lao-tsé, con la mirada distraída le dejó hablar y no respondió palabra.
 
 
Al día siguiente Cheu-Choeng-koi volvió a casa de Lao-tsé y le dijo: ayer te culpé. Tu silencio me ha hecho reflexionar. Te pido disculpas.
 
 
Hago tan poco caso de tus disculpas como de tus reproches, dijo Lao-tsé. Me he desprendido de todo deseo de hacerme llamar sabio, trascendente. Aún cuando me tratases de buey o de caballo, no replicaría nada. Incluso si lo que dicen es verdadero o si es falso, dejar hablar a los hombres es ahorrarse la molestia de contestarles. Mi principio consiste siempre en dejar decir. Mi silencio de ayer fue una aplicación de ello.
 
 
Entonces Cheu-Choeng-koi pasó en torno a Lao-tsé, evitando pisar su sombra; luego, presentándosele cara a cara le preguntó lo que debía hacer para enmendarse. Lao-tsé le contestó con repulsa: ¡Tú, ser enmascarado cuyos ademanes y gestos denotan pasiones indómitas e intenciones desviadas! ¿pretendes impresionarme y hacerme creer que estás deseoso y eres capaz de cultura? ¡Ve, pues confío tan poco en ti como en cualquier bandolero de fronteras!
 
 
El espíritu del sabio está dominado por una idea única y fija, no intervenir, dejar actuar la naturaleza y el tiempo.
 
 
Aquellos que conocen la naturaleza no intentan expresarla con palabras; los que lo intentan, muestran con ello que no la conocen. El hombre vulgar yerra buscando en los libros de las verdades; no contienen sino ideas trucadas. Un día, mientras que el duque Hoan de Tsoi estaba leyendo en la sala alta, el carretero Pien estaba trabajando en la confección de una rueda en el patio. De pronto, dejando su martillo y su cincel, subió las escaleras, se dirigió al duque y le preguntó: -¿Qué estás leyendo? -Las palabras de los sabios, respondió el duque. -¿De los sabios vivos? preguntó Pien. -De los sabios muertos, dijo el duque. -¡Ah! dijo Pien, los detritus de los antiguos. Irritado, el duque le dijo: Carretero, ¿en qué te metes? Apresúrate a disculparte o mando que te sentencien a muerte. -Me disculparé como un hombre de mi oficio, exclamó el carretero. Cuando fabrico una rueda, si lo hago con poca intensidad, el resultado será débil; si lo hago con mucha intensidad, el resultado será macizo; si lo hago, no sé como, el resultado será conforme a mi ideal, una buena y hermosa rueda; soy incapaz de definir este método; es un truco que no puede ser expresado, hasta tal punto que no he podido enseñárselo a mi hijo y a mis setenta años, para obtener una buena rueda todavía es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos sabios difuntos cuyos libros estás leyendo, ¿acaso han podido hacerlo mejor que yo? ¿han podido depositar en sus escritos sus trucos, su genio, lo que hacía su superioridad frente al hombre vulgar? De lo contrario, los libros que lees no son, como he dicho, más que los detritus de los antiguos, el desperdicio de sus espíritus, los cuales han dejado de ser.
 
 
La naturaleza no se modifica, el destino no cambia, el tiempo no puede ser detenido, la evolución no puede ser obstruida. Dejad que las cosas sigan su curso natural y triunfaréis. Id en contra y fracasaréis.
 

 
 
 
El detentor de un excelente sable de Kan-ue, lo conserva cuidadosamente en su vaina y sólo lo utiliza en grandes ocasiones por temor a gastarlo en vano. ¡Qué extraño! la mayoría de los hombres se esfuerzan menos en la conservación de su espíritu vital que no obstante es más valioso que el mejor filo de Kan-ue. Pues este principio de vida se extiende en todo, desde arriba del cielo hasta abajo en la tierra, en todas las transformaciones de todos los seres, y es tan poco sensible que no puede ser figurado, confundiendo su acción con la del Soberano (se entiende el Soberano cósmico, el alma del mundo). Integridad y pureza conservan el alma e impiden que se desgaste. En su estado de integridad y pureza entra en comunión con la regla celeste.
 
 
 
 
 
El abandono de las preocupaciones y de los asuntos conservan la vida, ya que este abandono preserva el cuerpo del cansancio y el espíritu vital del desgaste. Aquel cuyo cuerpo y espíritu vital están intactos y despiertos, está unido a la naturaleza. Y la naturaleza es padre y madre de todos los seres. El ser es formado por condensación y es deshecho por disipación para convertirse en otro ser. Y si en el momento de esta disipación, su cuerpo y su espíritu están intactos, entonces es capaz de transmigrar. Quintaesenciado, se convierte en cooperador del cielo.
 
 
Imaginemos una chalana que atraviesa un río. Si una barca vacía, a la deriva, viene y choca con ella, los marineros, aun siendo irascibles, no se enfadarán, porque no hay nadie que ha entrado en conflicto con ellos, puesto que la barca estaba vacía. Si por el contrario, hay alguien en la barca, gritos e insultos saldrán inmediatamente de la chalana. ¿Por qué? Porque ha habido un conflicto de personas... Aquel que habrá podido despojarse incluso de su personalidad, podrá recorrer el mundo entero sin experimentar ningún conflicto.
 
 
Un subalterno no debe rebelarse contra las decisiones de su superior. ¡Tanto más el deber de la sumisión incumbe a cada hombre respecto al cielo!
 

 
 
 
 
El apogeo del ying (condensado en la tierra) es la pasividad tranquila. El apogeo del yang (condensado en el cielo) es la actividad fecunda. La pasividad de la tierra ofreciéndose al cielo, la actividad del cielo ejerciéndose en la tierra, de ambos nacieron todos los seres.
 
 
 
Para llegar a conocer el Principio, se debe ante todo no pensar, no reflexionar. Para llegar a comprenderlo, no hay que tomar ninguna posición, no hacer nada. Para llegar a alcanzarlo, no hay que partir de ningún punto preciso ni seguir ninguna vía determinada... El adagio dice: Quien sabe no habla; quien habla, enseña que no sabe nada. El sabio no habla ni siquiera para enseñar.
 
 
Escuchad esta historia: Un hombre tenía miedo de la sombra de su cuerpo y de la huella de sus pasos. Para liberarse de ello, decidió huir. Pero cuanto más pasos daba, más huellas dejaba. Por rápido que corriera su sombra no le dejaba. Persistiendo a pesar de todo en creer que la adelantaría, corrió tanto y tanto que acabó muriendo. ¡Qué imbécil! Si se hubiera sentado en un lugar cubierto, su cuerpo no habría proyectado ninguna sombra; si hubiera estado quieto, sus pies no habrían producido huellas. Sólo habría tenido que estar tranquilo y todos sus males habrían desaparecido.
 

 
 
 
 
No venerar a un anciano es no respetar los ritos. No honrar a un sabio es carecer de juicio. No inclinarse ante la virtud que irradia de otra persona es perjudicarse a sí mismo. ¡Recuérdalo, ganso! Y si esto es cierto para cualquier virtud, tanto más lo es para la ciencia del Principio, por el cual todo lo que es subsiste, cuyo conocimiento es vida y su ignorancia es muerte. Conformarse al Principio proporciona el éxito, oponerse a él, el fracaso asegurado. El deber del sabio es honrar la ciencia del Principio donde la hallare. Ahora bien, este viejo pescador la posee. ¿Acaso podía no honrarle como lo he hecho?
 
 
Cantidad de recetas han sido inventadas por diferentes autores para gobernar el mundo, cada uno ha ofrecido la suya como si fuese la más perfecta. Sin embargo, todas han resultado ser insuficientes. Sólo hay un único procedimiento eficaz, dejar actuar el Principio sin contrarrestarlo. Está por todas partes, lo penetra todo. Si los influjos trascendentes bajan del cielo y suben de la tierra, si existen sabios, es gracias a él, inmanente en el todo universal. Cuanto más estrecha sea su unión con el Principio, más perfecto será el hombre. Los grados superiores de esta unión producen los hombres celestes, los hombres trascendentes, los hombres superiores.
 
 
 
 
 
Aquel que ha penetrado el sentido de la vida, no se preocupa de lo que no contribuye a la vida. Aquel que ha penetrado la naturaleza del destino, no intenta ya escrutar esta entidad inescrutable. Para cuidar el cuerpo hay que utilizar unos medios convenientes; sin excesos no obstante, porque todo exceso es inútil. Hay que esforzarse además de mantener el espíritu vital, sin el cual el cuerpo está perdido. El ser vivo no se ha podido oponer a su vivificación ( en el momento de su nacimiento); tampoco podrá oponerse a que un día (cuando muera) la vida se retire de él. El vulgo se imagina que, para conservar la vida; es suficiente ocuparse del cuerpo. Se equivoca. Hace falta además, y sobretodo, prevenir el deterioro del espíritu vital, lo que es prácticamente imposible entre las preocupaciones del mundo. Es necesario pues, para conservar y hacer durar la vida, abandonar el mundo y sus problemas. Es en la tranquilidad de una existencia ordenada, en la apacible comunión con la naturaleza, donde se encuentra una recrudescencia de vitalidad, una renovación de la vida. He aquí el fruto de la inteligencia del sentido de la vida. Repitamos: Es el abandono de los problemas y de las ocupaciones (1) lo que conserva la vida; porque este abandono protege el cuerpo de la fatiga y el espíritu vital de desgaste. Aquel cuyo cuerpo y cuyo espíritu vital están intactos y dispuestos, está unido a la naturaleza. Y la naturaleza es padre y madre de todos los seres. Por condensación se forma el ser; por disolución se deshace, para reconvertirse en otro ser. Y si, en el momento de esta disolución, su cuerpo y su espíritu vital están intactos, él es capaz de transmigrar. Quintaesenciado, se vuelve cooperador del cielo.
 
 
Si un hombre está completamente borracho y se cae de un coche, quizás quedará contusionado, pero no morirá ¿Por qué? ¿Sus huesos y articulaciones difieren de las de los otros hombres? No, pero en el momento de la caída, el espíritu vital de este hombre, concentrado por la inconsciencia, estaba absolutamente intacto. En el momento de la caída, debido a su inconsciencia, la idea de vida y muerte, el miedo y la esperanza, no han conmovido el corazón de este hombre. Y no se ha puesto rígido, no ha notado la dureza del suelo, he aquí por qué no se ha roto ningún miembro. Este borracho debe la integridad de su cuerpo a su estado de embriaguez. Así el Sabio perfecto será conservado intacto por su estado de unión con la naturaleza. El Sabio está escondido en la naturaleza; de esto le viene el que nada pueda herirle. –Considerando esto, cuando alguien es herido, no debe culpar a lo que lo ha herido; debe culparse a sí mismo, su vulnerabilidad es prueba de imperfección. Un hombre razonable no culpa el sable que lo hiere, ni la teja que le cae encima. Si todos los hombres buscaran en su imperfección la causa de sus desgracias, tendría la paz perfecta, el fin de las guerras y suplicios. Sería el fin del reino de esta falsa naturaleza humana, que ha llenado el mundo de bandidos; sería el comienzo del reinado de la verdadera naturaleza celeste, fuente de toda buena acción. No ahogar a su naturaleza, no creer en los hombres, he aquí la vía del retorno a la verdad, a la integridad original.