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jueves, febrero 02, 2012

La Cabeza de Shiva





Aquí estoy, en Angkor, en las fronteras del tiempo. Soy restaurador de templos. Conozco el alfabeto Khmer, las leyendas de la ciudad de los dioses perdida en la jungla, los mil sabores del arroz, el genocidio en Camboya, la mitología de Vishnu y Shiva, el exilio y la desesperación. La paciencia, la serenidad y la perseverancia no son pues, en mi caso, virtudes o rasgos de carácter natural o adquirido, sino los efectos de un destino que nunca quise, pero del cual no pude escapar. Ahora mientras la lenta noche comienza a transformarse en el amanecer, a pocos kilómetros de donde nací, aquí en el templo-montaña de Angkor Vat, honraré la memoria de mis ancestros y quizás podré cerrar el círculo inconcluso de mi niñez, de mi soledad, de un Imperio y de un Dios.

Cuando el Khmer Rojo ocupó Phnom Penh, siendo yo un niño de 6 años, mi abuelo fue asesinado y el resto de mi familia desapareció. De profesión maestro, él también era restaurador de templos, como lo había sido su padre y el padre de su padre. Estas dos ocupaciones, fueron su pasión y su condena, pues a los crueles ojos de Pol Pot, era culpable de traición y de un occidentalismo vil y decadente.

A veces el dolor y el horror son fuentes insospechadas de coraje y decisión. Tal es mi caso. Huí de Phnom Penh a través del bosque y crucé la frontera para llegar a Tailandia como otros tantos refugiados de la atormentada Camboya. Me acogí a la ayuda internacional y logré la residencia en la ciudad de Londres donde me gradué en Arqueología en la Universidad de Cambridge. Participé en diversas expediciones al Yucatán, en particular a Palenque, a la invencible selva tropical, donde ascendí la montaña sagrada del centro del mundo, materializada en el Templo de las Inscripciones. Cuando murió el tirano, supe inmediatamente lo que había de hacer. Retornar a Angkor, para volver a anudar el hilo de la tradición que había sido roto: la restauración de sus templos.

Debo presentar, en estos momentos, mis excusas al lector o lectora occidental. Bajo el influjo de la memoria lo he conducido a un pasado que no es el suyo. Urgidos por el presente y la contemporaneidad, prestamos escasa atención a la historia que parece diluirse y transformarse en un sueño ligero como el viento. Pero no oculto la esperanza de que la compasión de su corazón, haya disculpado las líneas que anteceden. Pues como pronto comprenderá, lo extraordinario anida en lo ordinario, lo imprevisto en lo previsto, el éxtasis en la fatalidad...





Shiva, Angkor Wat

Un año antes de su muerte, mi abuelo me llevo a Angkor. Recorrimos los templos mientras me hablaba de la ciudad imperial. Su nacimiento, su esplendor y su caída. Me describió con precisión las cinco torres en forma de capullo de loto de Angkor Vat, de la elegancia y sencilla belleza de las apsaras que allí proliferan en una danza silenciosa,de los cincelados bajorrelieves que representan innumerables escenas del Râmâyana en Banteay Srei, del Rey budista que en su devoción fundó el templo de Bayon con sus más de doscientos rostros, del Rey Jayavarman VII que extendió las fronteras del Imperio y que construyó más monumentos que ningún otro, de la identidad de los Reyes primero con Shiva y luego con Vishnu, de la montaña cósmica y sagrada rodeada de agua en el centro del mundo que simbolizan la ciudad y los templos, es decir, el Monte Meru donde moran los Dioses.

La imaginación de un niño, fértil de por sí se ve incrementada a grados inverosímiles cuando es nutrida en forma tan apropiada. Así a partir de ese día, hube de recrear una y mil veces esa visita y años más tarde me convertí en un verdadero erudito en todo lo que concierne a la legendaria Ciudad de los Dioses. Pero desde el primer momento una escultura, mejor dicho un rostro, fue el que hechizó mi atención. El del Dios Shiva, que pertenecía a una estatua maravillosa hecha de arenisca en uno de los innumerables templos. Su serenidad, su lozanía, eran tan hondas y vivificantes que representaban hasta un grado inverosímil dos de las cinco caras del Dios: la gracia y la creación, triunfantes sobre sus otros atributos: el olvido y la destrucción. Fue inmensa la pena al enterarme a mi regreso a Angkor que su cabeza había sido robada, a consecuencia del pillaje desenfrenado que mutilaba en ese entonces -como hoy también- los templos de la ciudad.

Nuevamente voy a apelar a la paciencia del lector o lectora. Pues quisiera detenerme, por un instante, en las características de la estatua y del Dios, para de este modo abrir mi corazón aún más a su comprensión de mi propósito. La estatua del templo cuya cabeza fue robada, no es una representación típica de Shiva, es decir no lo presenta como Shiva Nataraja el Dios de la Danza que en sus evoluciones es causa de la creación, preservación y destrucción de los Mundos. Representado con sus atributos plenos Shiva posee cuatro brazos, un tercer ojo y su pie derecho está apoyado sobre un enano que simboliza la ignorancia, en tanto prisión a la que estamos sometidos en el ciclo del nacimiento y la muerte y que debe ser eliminada para liberarnos de él. En sus manos superiores tiene un tambor, símbolo rítmico de la creación, y fuego, símbolo de la destrucción y el olvido. La mano inferior derecha esboza un gesto de protección y la inferior izquierda, que apunta al pie que se presenta levantado, muestra el poder de su gracia. Rodeando toda su representación se encuentra un círculo de fuego. Pero es lícito aclarar que no todas las estatuas o representaciones plásticas del Dios se ajustan a esta descripción, pues en algunas falta el circulo de fuego, en otras Shiva aparece con las piernas cruzadas rodeado de agua (que simboliza el Ganges) y con un tridente en uno de sus brazos superiores. Serpientes y brazaletes también aparecen en este abigarrado simbolismo del Dios.

En el caso de la estatua de Angkor, ésta es una representación más depurada, más ascética por así decirlo. Shiva aparece de piernas cruzadas pero sin estar representados los brazos superiores con sus atributos simbólicos. No es un Shiva Nataraja, es decir, no lo representa como el Dios de la Danza. Diría que es más humana, más accesible, quizás menos simbólica, pero exquisitamente transterrenal en su elaboración y en la sencillez de su apariencia. Hay algo de búdico en su armonía y en su porte, lo que no es extraño pues el Dharma latió en el corazón del Imperio Khmer. Sus ojos no tienen pupila, lo que no les resta fulgor. Hay algo así como una luz que pugna por abrirse paso. Y el tercer ojo. Está allí silente y letal. Pues es el ojo que cuando se abre destruye al que mira, convirtiéndolo en cenizas...

La tentación de continuar la descripción del Dios y desviarme de la narración que es el hilo conductor de estas líneas es mucha. Es tal la riqueza de la mitología hindú y en este caso la de Shiva, que de proseguir con la misma agotaría definitivamente la paciencia que el lector o lectora ha tenido, de haber llegado a este punto. Por ende retomaré, con cierta precaución, el leit motiv de los hechos que he venido exponiendo.

La Unesco al comprobar los estragos causados por el pillaje elaboró un cuidadoso catálogo de todas las piezas robadas que circuló en todas las galerías de arte, casas de remate y museos de todo el mundo. Entre las muchas piezas figuraba la cabeza de Shiva. El objetivo era sencillo. Apelar a la nobleza de aquellos que, de comprobar que alguno de los objetos robados formaba parte de su colección, lo devolviesen al gobierno de Camboya. Sin duda estos objetos podrían haber llegado a sus actuales poseedores con una falsa certificación, que ocultase el origen ilegitimo de su oferta, generando así una adquisición bona fide.

Al estudiar el catálogo, las autoridades del Museo Metropolitano de Nueva York advirtieron, que entre los objetos que componían su colección de arte, se encontraba la buscada cabeza de Shiva. Sin dudarlo, inmediatamente procedieron a devolverla al Gobierno de Camboya. Recayó en mí, por mi doble carácter de restaurador y erudito, la tarea de trasladarlo a mi nación y de reparar la estatua en el templo del cual había sido robada.

Aquí estoy pues, en Angkor, en las fronteras del tiempo. La noche ha sido laboriosa, cálida, íntima y apasionada. Mis asistentes ya se han ido. Hemos colocado la cabeza del Dios reparando así lo que fue dislocado. Aquí estoy, en la frontera de dos Mundos, mientras el amanecer se insinúa en sus innumerables torres. He dejado atrás días y días de búsqueda, de anhelos, de dolor y soledad. Sentado frente a la estatua de Shiva, con las piernas cruzadas, mi existencia se reduce a este instante. Y en el silencio que custodia los templos, observo a la estatua de la divinidad de 1008 nombres. El Dios que adopta mil rostros y figuras. El mendigo, el yogui, el asceta... El Dios que es adorado el decimotercer día después de la luna llena, pasadas las seis de la tarde. Observo con detención el rostro, su pulida superficie, su suavidad, su frescura que asemeja al de un niño, sus ojos vacíos... De pronto un relámpago, un fulgor, una explosión de luz abre una brecha en los mismos. El Dios abre sus ojos y mira. La luz es tan diáfana e intensa que por un momento me enceguece.

Entonces, ante mi sorpresa, mi dicha y mi estupor, veo al recuperar la vista, una caravana de elefantes a la distancia, escucho el antiguo lenguaje Khmer en el habla de los hombres que la acompañan, veo al emperador Suryarman II encabezando el desfile sentado en un elefante blanco, veo a los templos primorosos en el cenit de su esplendor, los bajorrelieves con la historia de sus guerras, de sus mitos y leyendas, intactos y frescos como una flor en primavera. Veo los rostros gigantes en las cuatro caras de las torres en el templo de Bayon con su sonrisa que algunos consideran enigmática, pero que a mi entender es la manifestación de la sabiduría última en la realización búdica. Veo los relieves sobre el fondo de hojas y flores de las figuras femeninas con sus joyas y exquisitas vestimentas en Banteay Srei, la ciudadela de las mujeres, donde Rama se enseñorea con sus hazañas. Me inquietan por un momento las serpientes naga representadas en el templo de Angkor Vat. Me apaciguo acariciando al pasar a las Apsaras, siguiendo la antigua costumbre. Admiro la belleza de sus formas, de sus brazos y piernas cubiertos de joyas, de sus gestos armónicos que anuncian una danza inminente, promesa de los placeres que esperan al devoto en el Paraíso del Oeste. Camino entre la multitud que acompaña la procesión y escucho de su boca, sus alegrías, sus tristezas, sus esperanzas, sus miedos, en fin, el íntimo rumor de sus almas y de sus días.

Ahora comprendo. Shiva me ha obsequiado un instante en la Angkor primordial. Un instante ajeno a la mensura del tiempo. Quizás fueron horas, días, meses o años el tiempo en que estuve allí. No lo sé. Sólo sé que nuevamente estoy aquí, sentado con las piernas cruzadas frente a la estatua del Dios en la Angkor que visité, con mi abuelo, cuando era un niño. Ahora conozco todos sus secretos y la he contemplado en su esplendor orginario que hoy se ha opacado. Sé que no he sido prisionero de una ilusión. Pues si alguien considera que lo que he narrado es un sueño, opuesto a una realidad verificable y sustancial, he de responder que para la teofanía hindú, el Universo entero es el sueño de Dios, que desaparece cuando despierta. Un sueño complejo, una polifonía perfecta, en la que anidan innumerables sueños, el suyo, el mío y el de todos los otros. En mi caso no temo que el Dios despierte, pues soy y seré camboyano: por siempre he de vivir entre el horror y el éxtasis.

por Carlos Fleitas. setiembre 2002.