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martes, enero 10, 2012

Meditaciones Diarias



Si tomamos la conciencia como objeto de nuestra búsqueda, vemos que se percibe y comprende mejor en términos de creación dependiente, aunque nos veamos empujados a pensar en ella como en una cosa intrínseca e invariable.
Esto se debe al hecho de que fuera de las experiencias perceptivas, cognitivas y emotivas del individuo, es difícil probar la existencia de una entidad independiente llamada espíritu o conciencia.
Desde este punto de vista, la conciencia parece más bien una "construcción" que surge de un espectro de acontecimientos complejos.
"El Pequeño Libro de Sabiduría del Dalai Lama"

Empezamos a comprender que nuestro universo puede considerarse un organismo vivo, donde cada célula trabaja en cooperación equilibrada con todas las demás, con el fin de mantener una coherencia de conjunto.
Si una sola de esas células falla, y la enfermedad nos golpea, el equilibrio se pone en duda. Entonces, es la totalidad del sistema lo qu está en peligro.
Eso nos sugiere que nuestro bienestar individual está íntimamente ligado con los demás individuos y con el entorno en el cual evolucionamos.

No existe nada que pueda identificar el "yo", de la misma manera que cuando intentamos encontrar la identidad última de un objeto sólido, ésta se nos escapa.
Finalmente, debemos concluir que esa cosa preciosa, a la que dedicamos tantos cuidados, en definitiva no tiene más consistencia que un arco iris en el cielo de verano.

Aceptar un enfoque complejo de la realidad, en el cual todas las cosas y los acontecimientos se perciben como estrechamente ligados los unos con los otros, no significa que no podamos deducir que los principios éticos son irrevocables. Y esto cuando resulta difícil hablar de absoluto fuera del contexto religioso.
Por el contrario, el concepto del "origen dependiente" nos obliga a considerar la realidad de la relación de causalidad con una gran seriedad.

Poner una esperanza excesiva en el desarrollo material es un error.
El problema no es el materialismo como tal. Es más bien el hecho de suponer que la plena satisfacción puede sobrevenir de la sola gratificación de los sentidos.
A diferencia de los animales, cuya búsqueda de la felicidad se limita a la supervivencia y la satisfacción inmediata de los deseos sensoriales, nosotros, los seres humanos, tenemos la capacidad de experimentar la felicidad a un nivel más profundo, que cuando está plenamente conseguido, nos da los medios para hacer frente a las experiencias contrarias.

La característica principal de la felicidad más auténtica es la paz. La paz interior.
No quiero decir con ello una especie de sentimiento de estar "fuera del espacio". No hablo tampoco de una ausencia de sentimientos.
Por el contrario, la paz que yo describo se enraiza en el hecho de estar preocupado de los demás. Implica un alto grado de sensibilidad, aunque yo mismo no pueda pretender haber tenido éxito por completo en ese camino.
Atribuyo más bien mi sentido de la paz al esfuerzo realizado para desarrollar el interés hacia los demás.

¿Dónde se puede encontrar la paz interior?
Hay muchas respuestas. Pero una cosa está clara: ningún factor exterior puede crearla.
Del mismo modo, no habría ningún interés en pedir paz interior a un medicamento, una máquina o un ordenador, ya que, por muy sofisticados e inteligentes que sean, no podrían procurarnos esa cualidad vital.
Desde mi punto de vista, desarrollar la paz interior, de la cual pueda depender una felicidad cargada de sentido, reposa en las mismas bases que cualquier otra tarea en la vida: debemos identificar sus causas y condiciones, y después consagrarnos sin tardanza a cultivarlas.

La atracción por lo concreto forma parte de la naturaleza humana. Queremos ver, queremos tocar, queremos poseer.
Pero resulta esencial reconocer que, cuando deseamos cosas sin ningún otro motivo que el placer sensual que nos procuran, éstas finalmente tienen tendencia a aportarnos muchos problemas.
Además, descubrimos que a imagen de la felicidad procurada por tales necesidades, de hecho esas cosas son también transitorias.

Se debe hacer una gran distinción entre lo que podríamos llamar actos éticos y actos espirituales.
Los actos éticos nos conducen a abstenernos de causar mal a los demás en su experiencia o su búqueda de la felicidad.
Los actos espirituales se refieren, por su parte, a las cualidades ( amor, compasión, paciencia, perdón, humildad, tolerancia...) que hacen referencia a un interés de un cierto nivel por la felicidad de los demás.

Resulta sorprendente constatar que la mayor parte de nuestra felicidad proviene de nuestras relaciones con los demás.
Es muy notable que nuestra alegría mayor sobrevenga precisamente en lo referido a ellos.
Pero éso no es todo. Descubriremos también que las acciones altruistas no sólo provocan felicidad, sino que también minimizan nuestra experiencia del sufrimiento.

Preocuparse por los demás hace caer las barreras que habitualmente son fuentes de inhibición en nuestra relación con ellos.
Cuando nuestras intenciones son buenas, todos nuestros sentimientos de timidez o de inseguridad se ven reducidos en gran manera.
A medida que somos capaces de abrir esa puerta interior, experimentamos igualmente una especie de liberación frente a la preocupación habitual por nuestro "yo".

Cuando sentimos interés por los demás, podemos notar que la paz así creada en nuestros corazones irradia hacia todos los que frecuentamos.
Nosotros aportamos paz a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros colegas, a la comunidad a la que pertenecemos, y por tanto al mundo.
¿Por qué no desarrollar entonces esa cualidad?

Antes de cada uno de nuestros actos, existe un "acontecimiento" mental y emotivo al cual somos más o menos libres de responder, aunque, hasta que aprendemos a disciplinar nuestro espíritu, experimentamos una cierta dificultad a la hora de ejercer esa libertad.
La manera en la que respondemos a esos acontecimientos y esas experiencias es lo que determina en general, el contenido moral de nuestros actos.

Si queremos ser auténticamente felices, es indispensable la contención interna. Sin embargo, no debemos detenernos ahí.
Aunque pueda evitar que llevemos a cabo algunas malas acciones, la simple contención no basta, si queremos alcanzar la felicidad caracterizada por la paz interior.
Para transformarnos nosotros mismos (nuestras costumbres, nuestros humores) con el fin de que nuestras acciones sean compasivas, hay que desarrollar lo que llamamos "una ética de la virtud".
Al mismo tiempo que nos abstenemos de pensamientos y de emociones negativas, debemos cultivar y reforzar nuestras cualidades positivas.

No siempre es posible tomarse el tiempo necesario para el discernimiento prudente. A veces es necesario obrar en primer lugar.
Por eso nuestro desarrollo espiritual juega un papel tan importante, asegurando que nuestras acciones sean verdaderamente éticas.
Cuanto más espontáneos son nuestros actos, más reflejan nuestras costumbres y nuestros humores en un momento dado.
También creo que resulta útil tener un conjunto de preceptos éticos de base para que nos guien en nuestra nueva vida.